Mi perrita Romy *
Posteado: January 24th, 2010 | Por: Claudio | Archivado en: Ficciones, Personales | Etiquetas: Infidencias, Personajes | Sin comentarios »Cuando tenía cinco años una tía que vivía fuera de Santiago, nos envió una perrita para que tuviéramos una mascota, nuestros padres aprovecharon la oportunidad para que aprendiéramos a cuidar de alguien y a la vez empezáramos a desarrollar nuestra responsabilidad. Ella se portaba como que le sorprendiera todo y saltaba de un lado a otro, mostrándonos alegría de cierta manera, tal cual provinciana recién llegada a la ciudad. Como soy el menor de tres hombres, pronto al desaparecer la novedad de nuestra mascota, muchas de las responsabilidades pasaron a ser mías, aunque para los tres ella jugaba un rol parecido a una hermana chica.
Ya con el tiempo, nuestra mascota dejó de ser una recién nacida para convertirse en una ágil, delgada y sofisticada dálmata. Como nuestra casa contaba con un amplio patio, en un ambiente casi campestre con muchos árboles y sin mayor seguridad, existían espacios que permitían la libre entrada y salida de nuestra perrita. Mi padre con un sentido de control que yo no entendía, mandó a clausurar todos los espacios donde pudiese salir nuestra Romy, yo no alcanzaba a percibir el sentido de tanta restricción y el problema que, según mi padre, había que evitar.
Recuerdo cuando nuestros vecinos uruguayos llegaron con su perro gordo y tosco los miré con curiosidad por su acento rioplatense, pero no con agrado ya que su mascota me parecía intimidante y además no me gustó que saltara bruscamente sobre mi perrita la primera vez que nos encontramos con ellos. La vecina, una señora hosca y con un claro sentido de autoridad y poder, gritó con un vozarrón que me sorprendió “Suelta a ese animal y entra inmediatamente a la casa”. Escucharle decir “animal” a Romy, me produjo un profundo desprecio por aquella voz de autoridad, no anticipaba que ella podría ser de gran ayuda en meses posteriores, pero que curiosamente nunca apareció nuevamente.
Nuestra mascota pasó a ser parte permanente de nuestros juegos, mejor dicho de los juegos de mis hermanos donde nos incorporaban como sus juguetes, ahí comencé a entender la diferencia en reírse conmigo y reírse de mí. Una tarde, mientras jugábamos a una especie de futbol y mis hermanos apuntaban directamente a mi cuerpo más que a lograr el gol, que por alguna razón que nunca entendía, Romy era parte de la defensa. Nuestro balón salió de nuestro patio y fue a caer a la casa de nuestros vecinos, como siempre era el encargado de las tareas menos interesantes. Fui a casa de la vecina, quizás por desconocimiento de lo que podría pasar, me acompañó nuestra mascota, no pasaron más de cinco segundos cuando nuevamente el tosco perro estaba no sólo lanzado sobre nuestra mascota, sino que la empujaba rítmicamente, a pesar de los quejidos que ella hacía o lo que yo entendí que eran quejidos. Me quedé pasmado y llorando en silencio, curiosamente la voz autoritaria esta vez no apareció y no prestó mayor atención a la situación. Yo me quedé observando impotente y con mis cortos seis años no atiné a hacer nada más que a sentarme en el suelo con el balón entre mis brazos. No sé cuanto tiempo pasó, sólo recuerdo que mi hermano mayor me llamó y nuestra Romy corrió presurosa escapando antes que yo de la situación.
Las semanas posteriores algo cambio, nuestra más cota cada vez participaba menos de nuestros juegos y cada vez que se ausentaba, lo que es un decir, porque lo que ocurría era escapaba diariamente saltando a la casa de la vecina. Cada vez que volvía, mi padre con un sentido de su autoridad y moralidad castigaba a Romy y nos regañaba por no cuidar de ella. Ya en ese tiempo aparecía mi sentido de responsabilidad asociado a la culpabilidad, me tomaba muy seriamente los enojos de mi papá y me esforzaba por cuidar y entretener a nuestra mascota, evitando sus fugas permanentes. A pesar de mis dedicados esfuerzos, las fugas eran más frecuentes, los castigos más bruscos y cada regreso de ella más difícil, ella me miraba con ojos culposos y cada vez se acercaba más a mí, comenzaba a entender el sentido más profundo de sus escapes, lo básico de los procesos reproductivos y también la simpleza del placer.
Con el correr de los meses, las idas y venidas de Romy fueron cada vez más largas, antes sólo era a la casa del vecino, ahora frecuentemente había perros en cantidades, tipos y razas variables que siempre esperaban al menor escape de nuestra mascota. Ella cambiaba de la delicada y fina perrita de casa a la más vulgar y corriente perra sin casa, lo cual me dolía y costaba comprender, claro mi niñez era más ingenua y simple que la actual. Cada vez ella fue estando más ausente, mi padre ya no le castigaba y ella llegaba en peores condiciones después de cada fuga. Al poco tiempo desapareció para siempre y sólo mi madre mencionó el cariño que le tenía, yo en especial. Nunca nadie conversó de lo que había pasado con sus escapes y tampoco con su desaparición.
* Publicada en mi blog de primera época

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